En una entrevista con La Nación, el doctor en biología molecular, especialista en neurociencia del comportamiento, explicó que la frustración forma parte del proceso de crecimiento de los adolescentes. Según él, negar esta emoción impide que los jóvenes aprendan a regular sus respuestas ante los desafíos cotidianos.
El especialista destaca que los padres y educadores deben crear espacios seguros donde los adolescentes puedan expresar sus frustraciones sin juicio. Identificar conductas como la irritabilidad excesiva, el aislamiento social o los problemas de sueño permite intervenir antes de que la situación se complique.
Cuando la frustración se vuelve persistente o está acompañada de síntomas de ansiedad y depresión, el experto recomienda buscar ayuda profesional. La intervención temprana, ya sea mediante terapia psicológica o acompañamiento escolar, facilita el desarrollo de habilidades de afrontamiento y previene consecuencias más graves en la salud mental.
Fuente: La Nación










